Las certezas ya no existen. No se trata de un agradable mensaje a la clase política, como el pasado fin de semana nos hubiera podido parecer (ref. A las elecciones en Bélgica). Simplemente señalar que en el fascinante mundo de la escena tal afirmación puede procurarnos atractivas experiencias. El trastoque de las certezas, de la habitual mirada autosuficiente, de las nítidas diferencias de géneros y de los modelos fijos de movimiento o de actuar son algo tan antiguo como el can-can pero generan sólo de forma excepcional una energía artística original.
Que precisamente dos actores barceloneses de teatro-danza como Inés Boza y Carles Mallol ofrecieran esta semana en el bruselense Plateau una brillante representación, fue totalmente inesperado. En su producción Senza Tempo, que ellos mismos interpretan, funden sin problemas teatro de movimiento y danza y muestran la inmemorial relación hombre-mujer de una manera original e imprevista.
El refrescante paseo de I. Boza y C. Mallol sobre lo que a primera vista parece camino trillado, ofrece cierto parentesco con el enfoque de la generación teatral de Flandes de, entre otros, Needcompany, Jan Fabre y, en menor medida, Anne Teresa de Keersmaeker. Con estos últimos comparten la directa confrontación con el espectador y un indirecto, demostrativo del planteamiento de sus roles y del tema principal. Sin anecdotario. Que ciertas representaciones de grupos flamencos que siguen parecido camino en el barcelonés Mercat de Les Flors, es evidente. Para Senza Tempo tiene esto realmente poca importancia. De la representación de Boza y Mallol queda claro que no son vulgares copistas, que disponen de la necesaria imaginación.
La escena inicial de Senza Tempo marca el tono. En tres ángulos del esceanrio se levantan pequeños muros escalonados, a base de ladrillos sueltos (¿no son estas las piezas angulares sobre las que toda la obra e incluso la relación entre los dos intérpretes se estructura y culmina?, me pregunto una vez terminada la representación). Mientras la actriz-bailarina (I. Boza), con un vestido rojo, atenaza al público con una mirada fría, se coloca un ladrillo sobre la cabeza y pasea cuidadosamente -cuestión de mantener en equilibrio el ladrillo- desde el fondo de la escena hacia adelante, el algo melancólico-algo gracioso hombrecito, que refunfuña recostado confortablemente en la parte delantera -con la cabeza en otro ladrillo-, ve aparecer tan apetitoso bocado, pero no hace ningún intento de acercamiento. Se limita, cosa paradójica, a seguirle literalmente los pasos: con la nariz pegada en el suelo rastrea el pasear cauteloso de ella. Esta ni vuelve la cabeza hacia él.
En las escenas que el dúo, aparentemente sin más, se saca de la manga, no transcurren las cosas siempre de manera “adorable”. También las dolorosas emociones y los choques mentales y físicos entre dos personas salen a la luz. Aunque de una manera indirecta Senza Tempo raras veces deja decaer la tensión.

De Paul Verduyckt (De Morgen, Bruxelles, 29 de noviembre 1991)