Interesante reflexión de Senza Tempo sobre la vida, las fuerzas interiores de cada uno y las relaciones entre los hombres.
La primera parte de la trilogía, Capricho, se ha podido ver, junto a San Benito, en el festival de teatro de Calle, y en ella se habla de origen de la existencia, Lazurd, la segunda, se presentó en la Ambigú hace dos años fascinando al público por las bellísimas imágenes de ese viaje a ninguna parte.
Ahora estrenan en España, después de su paso por el Festival de Manchester, Zahoríes, el final de la trilogía. Está en lo cierto Senza Tempo: este siglo de impresionantes avances tecnológicos que ha dividido el mundo en dos zonas: una de capitalismo salvaje y riqueza desmesurada de unos pocos, y otra de insultante miseria, ha insensibilizado al hombre hasta el punto de convertirlo en un mero espantapájaros para ahuyentar sus propias fuerzas interiores.
Geniales esas escenas de Inés Boza encima de la vid yerma, en medio del desierto. Así que solamente los zahoríes, buscadores de agua y por lo tanto de vida, se percatarán que bajo el desierto están las olas, nuestras fuerzas interiores que restablecerán la comunicación entre los demás, que nos abrirán los ojos hasta el punto de percatarnos de que es necesario cambiar este mundo que, inexorablemente, se dirige a toda velocidad hacia la destrucción total.
Se precisan no uno, ni cien, sino cientos de miles de zahoríes para cambiar el rumbo hacia la nada.
Bellísimo espacio escénico infinitamente abierto con esa proyección sobre la pared desnuda de la Ambigú y ese suelo desértico sembrado de vides silvestres. En ese espacio Inés Boza, Carles Mallol y Eduard Teixidor, ayudados primero por las músicas rituales españolas y luego, por áridas voces africanas, iniciarán la búsqueda de de esas fuerzas necesarias, creando una opresión, una angustia, una necesidad de beber inmensa que transmitirán a todos nosotros, primero espectadores, después participantes activos de esa búsqueda.
Senza Tempo bebe de Pina Bausch, pero no se limita a a imitar a la genial alemana, sino que ha conseguido trabajando, entregándose de verdad, un estilo propio, de ahí esas imágenes con sus cuerpos en movimiento de una fuerza y belleza estética inigualables, imágenes cargadas de sensaciones, también de una necesaria intranquilidad.

De Carlos Troquero (El Mundo, Diario de Valladolid, 28 de mayo de 2000)