Estreno alemán al festival „Dance: Meeting Catalan Culture“ en el Künstlerhaus Mousonturm

Fue una incursión fulminante en las semanas de danza catalana en el Künstlerhaus Mousonturm de Frankfurt. La compañía Senza Tempo, fundada en 1991 en Barcelona, mostró en su estreno alemán la obra de danza „La Canción de Margarita“, coreografiada por Inés Boza, fundadora y directora de la compañía. En su discurso de bienvenida, el director del Mousonturm Dieter Buroch recordó a la audencia que la coreografía catalana, en los años 70 y 80, había suscitado furor y en Alemania hasta polémica: la utilización de fuegos artificiales bajo los asientos no provocó precisamente divertimiento sinó que logró que se tuviera que llamar a la autoridad competente. Pero en seguida calmó a la audiencia diciendo que tambien los coreógrafos catalanes se habían calmado. Esto no significa que se haya perdido temperamento mediterráneo, tal como demostró la actuación.
 

“La Canción de Margarita“ es una obra desde el punto de vista de mujeres y sobre la vida de mujeres que sufrieron bajo la dictadura de Franco y la guerra civil. La compañía Senza Tempo trabaja desde un principio con elementos de interpretación en perfecta simbiosis con la danza contemporánea integrando naturalmente, además, la palabra hablada y la proyección de imágenes. El nexo entre lo visual y lo verbal es elemento central de la cultura catalana que desde siempre debió luchar por su autonomía y la conservación de su lengua; Borja Sitja, del Institut Ramon Llull, ya hace hincapié sobre ello en el programa.

 

 

Sólo vemos a cinco bailarinas (Sarah Anglada, Alba Barral, Anna Briansó, Viviane de Moraes, Mercedes Recacha) y a un bailarín (Nel.lo Nebot) en escena, pero estos seis consiguen encender de forma inmediata, un fuego artificial de emociones, y crear un ambiente alegre o triste con canciones, con gritos y risas,  que desembocan en caos y escenas de locura que casi llevan a fulminar el temperamento templado de centro Europa. La selección de música hace aflorar emociones y narra, sin temer a las emociones extremas, la gran tristeza y a la vez el inmenso amor, la agresividad y el odio así como la locura cotidiana. En dos escenas se utilizan castañuelas como instrumentos de ritmo que sirven para intensificar la narración o la actuación.

 

 

 

 

Sobre la pared trasera se proyectan fotografías y secuencias de películas, fotos  de álbumes de familia o personas haciendo camino. La introducción viene dada por una escena mortuoria con rezos en grupo: vestidas de negro, cayendo y moviéndose sobre las rodillas, siempre con los mismos movimientos. La mayoría de las escenas colectivas están impregnadas de contínuas repeticiones; entre éstas se pone de manifiesto la soledad del individuo cuando todos se encuentran sobre el escenario y cada figura está ocupada con su propio sueño y su propia locura. Entremezclados nos encontramos con breves pasajes de alegría vital y solidaridad feminina, de memorias divertidas sobre el curioso comportamiento de las abuelas: una estaba sentada frente al televisor perfectamente vestida de domingo porque creía que los actores podían verla, otra incluso seguía enamorada de Clark Gable a sus 80 años. Vestidos largos y vaporosos, zapatos de tacón, esbeltos brazos y giros del cuerpo, la simbología del cabello y el uso frecuente de sillas – en algunos aspectos recuerda a obras de Pina Bausch si bien conserva su propio estilo.

 

Dos de las protagonistas narran las vivencias de cuatro abuelas, representativas de lo que tuvieron que sufrir las mujeres durante la guerra. Para los espectadores alemanes las frases principales se describen sobre dos pantallas de proyección laterales. Una madre de once hijos dejó a su marido tras muchas peleas, otra ocultó a sus hijos el autor de la muerte de su padre para que no tuvieran que crecer y vivir con odio. A la abuela Estrella le arrancaron a su hijo de los brazos durante un bombardeo; el grito que sigue a la escena es aterrador, y los esfuerzos incesantes de las demás por consolarla son profundamente emocionantes. La abuela Margarita buscaba a su marido preso, caminando durante días de cárcel en cárcel  para enterarse finalmente que ya había sido ejecutado. La escena de amor inminentemente posterior corrobora todavía más la sensación de pérdida.

 

Cuando el espectador cree haber llegado al punto álgido, aparece la bailarina más joven, vestida de punta en blanco, con zapatillas de puntas, el cabello suelto como un ángel. Primero las demás mujeres (adultas) le dan el visto bueno con la mirada y con sus caricias, pero el contínuo tocar y arreglar acaban convirtiéndose en una tortura bajo la cual se rompe como una muñeca. Despues la “ovejita“ es arrastrada por los cabellos por un hombre, zarandeada y maltratada hasta caer muerta; esta manipulación sin fin llega a romper el corazón. Después la madre de la ovejita llega a caer en la locura, anda insegura por la escena como una anciana con los cabellos pelirrojos despeinados (tal como la loca Kate de Shakespeare en la representación del pintor Füssli). Al final se observa la calle vacía que conduce al infinito, y todas, salvo la vieja, se mueven sobre tacones contínuamente hacia adelante y hacia atrás.

Sólo queda por desear que en un futuro se puedan ver más trabajos de esta compañía en los escenarios alemanes.

Dagmar Klein - Frankfurter Allgemeine Zeitung

Frankfurt, 04.10.2007