Inés a través del espejo, o el traspaso del país de las maravillas – Anatomía de un sueño

Anatomía de un sueño abre el Territorio Danza 2011

Un final que conduce al intrigante inicio de la pieza de Inés Boza.

De profesora formal, a frívola rubia de rojo, Inés Boza pasará por todo un proceso transformador, en el que contempla hasta su particular historia de boxeo. No quiere limitarse a mostrar su movimiento y su expresión contra un plano de fondo, así que elije cambiar los focos de atención hacia los ángulos por medio de la iluminación, para complicarse más las cosas. De esta manera logra separar unos momentos de narración más verbal, respecto de otros en que el hilo explicativo se desplaza de las palabras a su cuerpo.

Entre los distintos momentos de traslación de la idea al su ejecución, y entre el deseo de volar y su forma de expresarlo, se encuentra el juego que llevará a la artista hasta la realización de su pieza. En el desarrollo nos daremos cuenta de la manera en que la Inés se va dejando pequeñas partes de si misma en cada secuencia, cómo interactúa con otras personas por medio de videos, o como sus alter-ego en las sombras cobran iniciativa propia. Momentos de espontaneidad controlada se cruzan con leves atisbos de improvisación pero, como explica al final en una charla con el público acompañada del director de sala Cuarta Pared, Javier Yagüe, todo está muy escrito, y se permite un último juego que es preguntarle a su equipo “¿hay mucho margen o está todo muy escrito?”, “está todo bastante escrito”, le responde contundente Alex Zitzmann. Podemos creérnoslo o no, esto también es parte del juego.

Hay que ser valiente a la hora de exponer públicamente un proceso de creación, como hace Inés Boza en esta Anatomía de un sueño, en la que en formato de exposición y danza ha inaugurado el ciclo Territorio Danza 2011 en la sala madrileña. Y creo que hay que serlo para ser capaz de exponerlo, pero también creo que es necesario serlo en ocasiones, por motivos muy distintos.

En primer lugar, el público más alejado de la manera de llevar a cabo la creación artística en cuestión, tiene que ser consciente de que dicho proceso cuenta con momentos técnicos en la elaboración profesional, pero también otros más subjetivos que se salen de los parámetros estándar y que no se sabe muy bien cómo conducen al artista hacia la línea concreta que derivará en realidades más alejadas de aquellos conceptos que generaron la idea original.

Así lo viene a enunciar Inés durante el comienzo de su función, en formato de una lección magistral intercalada con momentos de expresión artística, en los que ella se sustrae del discurso para dejarse llevar. Es en parte el modelo del proceso que expone, pero, como es de su poner, es parte del trabajo artístico, de aquel que ya no es ella, sino el resultado de su tarea creativa. Y lo señalo, porque parece que en ocasiones se puede llegar a confundir al artista con el trabajo o con el personaje, cuando esto consiste en crear, no en mostrar algo que nos es ajeno y que se sintetizaría en cómo nos han creado, antes que en aquello que queremos hacer. Ya en otras ocasiones he tocado esta cuestión, porque las artes escénicas tienen esa capacidad de transportar al público hasta una realidad que acaban asumiendo como algo equiparable a la propia, mientras que se trata de aceptar la escena como muestra artística y no como azar de la vida.

Pero es que el trabajo de la compañía Senza Tempo consigue por momentos conducir a ese otro lado que a través de un hueco de un árbol o de la contemplación de un espejo, Lewis Carroll nos hacía imaginar con Alicia. Un país en el que todo es posible a partir de fragmentos de una realidad propia convertida en irrealidad, donde hay un argumento por descabellado que parezca, donde hay que aprender a pensar de otra manera para convertirse en cautivo de la imaginación, a la vez que tenemos que conseguir sentirnos libres de esa realidad dirigista que nos ata.

Y es esto principalmente lo que me hace creer que hay que es necesario mostrar el proceso. Pero decía que también hay que ser capaz, y es que quien desarrolla la creación tiene una responsabilidad con ella, y por eso me parece que debe ser consciente de lo que ha creado, más allá del sentimiento naif que se puede utilizar como excusa fácil para inhibirse de esa obligación de demostrarse que hay un trabajo, un estudio, una investigación detrás de cada resultado. Es decir: que la casualidad no se convirtió en muestra artística. Y en esta segunda visión del asunto, Inés Boza vuelve a dar en el clavo, porque no tiene pudor en señalar aquello que es proceso investigador, cuál fue la idea originaria, en qué se ha transformado y qué facetas trascienden a la racionalidad de su trabajo más metódico. Pese a todo, no estamos ante un resultado de la “mera evidencia”, podemos olvidarnos de los prolegómenos de su exposición y volcarnos en el formato más plástico, sea en la parte danza, sea en la más teatral, pero, como siempre, no alcanzo a comprender las mentes que a toda costa evitan conocer el fondo, justificándose en la necesidad de la “belleza” (será una limitación mía, pero aún así, bienvenidos sean también, algo caerá en el recipiente que les enriquezca).

Julio Castro – laRepúblicaCultural.es

Publicado el Miércoles 28 de septiembre de 2011, a las 14:46