Igual que, gracias al filtro de la cabeza, uno puede convertir los defectos en virtudes que más tarde jueguen a su favor, una excesiva confianza en nuestras mejores cualidades siempre representa algún peligro. Los árboles pueden entonces tapar el bosque. Y de lo que se trata no es de eliminarlos -no habría bosque en ese caso-, sino de no concentrar demasiado la atención en ellos.
La arboleda en la que enraiza Senza Tempo es su facilidad para seducirnos con poderosas y sugerentes imágenes. Y el bosque del que su exceso puede apartarnos propone una mirada crítica e irónica respecto a los convencionalismos y a la gris monotonía de más de una de las realidades que nos rodean. Como Pina Bausch, cuyo modelo tomaron como punto de partida, Inés Boza y Carles Mallol diseccionan y estilizan la realidad, parten de estereotipos gestuales y convierten su adocenada mecánica en ritmos pautados, con un proceso paralelo a aquél del que dramatúrgica y literariamente se sirvieron Ionesco o Joan Brossa.
El trabajo de Senza Tempo es, pues, un trabajo poético cuyos subrayados encierran siempre una reflexión. En sus aciertos, su profundidad gana en igual medida que los aciertos plásticos. Pero si nuestra atención sólo repara en éstos, algo falla, en la misma medida que una metáfora es como un bumerán: si no hace diana, nos da en la cara.
En “Peixos a les butxaques” hallamos dos partes claramente diferenciadas en los resultados, y es la segunda, protagonizada por Carles Mallol, la que se lleva la mejor parte por la gran amplitud de registros interpretativos de los que hace gala. Reconocemos los gestos, y todos y cada uno de ellos llevan más allá de su referente real, mientras que antes, en los fragmentos de las chicas, hay más ensimismamiento en lo particular, siempre en la superficie de las imágenes, como si fueran procesos de transición de un material construido por yuxtaposiciones. En este sentido, lo mejor de “Peixos a les butxaques” es esta progresión hacia arriba, su apuesta por el vitalismo que mejor les ha caracterizado. Lo peor, que tarde en llegar.

De Joaquim Noguero (La Vanguardia, 4 de abril de 2002)