Una pista líquida, un ir y venir de artistas con la sorpresa bajo el brazo y la agilidad por bandera, un guiño a los juegos malabares, una pincelada de acrobacia sobre sillas, unas miradas cómplices al público.
Esos son los ingredientes de este circo en el que se mezclan teatro, danza, diversión, color, agua y por supuesto, la música. Ella no solo envuelve la pista sino que nos da pistas para seguir el tenue hilo argumental que todo espctáculo circense posee. Por eso parece más oportuno dejarse llevar por la música, por el espectáculo, por la enorme capacidad de divertir que posee este grupo. Ni un momento decae la atención, todos estamos atentos a las bellas imágenes y al creciente ritmo.
Todo bien subrayado de la excelente iluminación y la omnipresente música. Los que gustan aplicar las devanaderas a estos espectáculos y extraerles su posible quintaesencia pueden ver un suelo cuadriculado de alfombras como fragmentaria es la realidad, una rubia aria seducida por los judíos erráticos, unos gitanos que llegan e inflan su carpa, unos núfragos sin isla, una gente que se moja en la vida, en el almuerzo y en la seducción.
Los muy iniciados en este género percibirán mucho aroma a Pina Bausch con levísimos toques nuevos, un capítulo más de esta danza que tanto gusta al festival, un lazo en el recuerdo con aquella “Nana quiere bailar” que enraizó este género en Granada. Los que gozan del teatro sin necesitar que todo le cuadre no se preguntan si son ellos los que no entienden o el espectáculo el que no se expresa bien. Se limitan a disfrutar con la elegancia de movimientos, con la exquisita comicidad de algunas escenas, con las vitales zambullidas en el hammam sefardí, con ese parecer acción sencilla pero estar sólo al alcance de cuerpos preparadísimos.
En definitiva, con el más diferente todavía que es el alma de todo espectáculo.

de Andrés Molinari, Ideal, 3 de noviembre 1998