Poco a poco, mientras se encienden los focos uno vé bolsas negras de basura, llenas a rebosar, agrupadas a los lados del escenario. ¿Basura esperando a ser recogida? Quizás. ¿El equipaje personal de unos transeuntes anónimos y desarfotunados? ¿Quién sabe? De todas formas, estas bolsas evocan lo desechable de la sociedad. También el cuarteto, que entra en este espacio vacío, parece tener una inmesa tradición cultural de la que beben sus movimientos, y sin embargo aparentan no tener ni raices ni lazos.
Pero si esta gente no pertenece a ningún sitio en concreto o ni siquiera a una época, -la banda sonora sugiere melódicamente una Europa de todos los tiempos, desde Turquía hasta la Cataluña medieval, pasando por la Italia de los años ’50 (al ritmo cinematográfico de Nino Rota)- aparentemente anhelan pertenecer a alguien a cualquiera.
Hay un toque de flirteo y de capricho en mucho de lo que hacen estas cuatro personas, la mezcla de tres mujeres y un hombre crea, con momentos de tensión y de rivalidad, unos juegos a menudo muy divertidos, pero de reconocible inspiración en el léxico universal de la seducción.
Entrelazado con todo esto, hay imágenes repentinas y poderosas del extásis religioso -la flagelación penitencial que se transforma en autoabrazo o los peregrinos avanzando arrodillados y simultáneamente besándose apasionadamente las manos- que añaden facetas complejas y fascinantes a los temas de la posesión y del ser poseido y que habitan el simbolismo visual y la coreografía.
Dese la última vez que Senza Tempo estuvo aquí -formando parte de España Joven en 1992- la compañía ha seguido construyendo piezas simbólicamente ricas y detallistas, y de un surrealismo seductor. ¡Que refrescante ver algo cargado de demasiadas ideas, en vez de algo aon un sólo tema brutalmente alargado!

De Mary Brennan, The Herald, Escocia, 8 de agosto 1996